Hay días en los que agradezco al tiempo, a la vida.
Hay días.
La locura es
todo lo que tengo, lo que siento, lo que pasa por mi mente, por mi cuerpo, por
mi alma, si es que hay una.
Hay días en que el cielo me habla, y salen bocanadas
de humo latiendo como anguilas resbalosas, comiendo, tragando, engullendo lo
que queda, lo que no queda, lo que quedó. ¿A caso hay otra cosa? ¿A caso ves
por ahí algo que no se el tiempo? Encerrándonos por completo en lo caótico, en
lo extremo, en lo sinvergüenza, en lo fastidioso, tremendamente fastidioso,
terrible, maldito.
Hay días en
los que agradezco a la vida no vivir, temerle por completo al respiro mismo. Quisiera que todo acabara terriblemente y no
me atrevo a cerrar, a cerrarte, a masticarte a olvidarte, sacarte de mí. No me
atrevo porque no soy, no sé, no existo, soy un fantasma deambulando por el
tiempo, la vida, ese tiempo otra vez, esas horas, esta vida que no entiendo.
Soy un fantasma pensante, sentimental y absurdo. Hay
días en los que no se si vivo o muero. Muero lento, cambio y fuera por dentro,
no distingo la realidad del sentimiento. Hay días en los que me veo como desde
afuera, como un ente que deambula esperando con ansias la muerte.

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