El frio que era constante se desvanecía en los recuerdos,
los precipicios eran solo el pretexto.
La luna en su cara reflejaba una melancolía muerta, astuta y
distante embarrada dentro del pequeño y recóndito aspecto de sí misma que poco
a poco iba desapareciendo.
No conocía el silencio.
Sus pesados párpados se cerraban en cada aliento, sentía
como la vida se iba con cada intento de despedida, con la pasividad absurda del
tiempo, de ese que a cada instante recordaba que habría un final, como en todo.
Entonces el estómago dolía, la mente volaba lejos hasta su
propio infierno, ese construido con ira
con resentimiento… con recuerdos. Donde ella se reconocía como aquella niña
desamparada, como esa adolescente rechazada y ahora como esa adulta frustrada.
Sin embargo en el fondo sabía que de todo posible futuro,
ella la culpa tendría. Incluso del frío, del ansia, de la muerte misma. Del
abandono que no era más que su propia carga, una piedra en su zapato.